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Discurso Dr. Luis Genaro Muñoz

Cumplo con la más viva complacencia, el honroso encargo del Comité Nacional de Cafeteros, de imponerle la “Medalla al Mérito Cafetero Manuel Mejía” al doctor Gabriel Silva.

Los considerandos de una resolución son un espacio muy reducido para poder sintetizar merecimientos y realizaciones de una vida consagrada al estudio, al café, al servicio público y a la academia. Basta incursionar en la brillante hoja de vida, de Gabriel Silva para comprobar sus éxitos. Por eso, así corra el riesgo de incomodar su habitual discreción, voy a atreverme sin permiso, a hacer un breve recuento de ese brillante recorrido de realizaciones y de resultados. Porque eso ha sido él: un hombre de resultados.

Se destaca desde su adolescencia en los claustros del Colegio San Carlos, en donde cursa su bachillerato. Se gradúa de Politólogo, con especialización en Economía, en la Universidad de los Andes. Hace después un post grado de Magister en Economía y Relaciones Internacionales en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de Johns Hopkins University de Washington.

Culminada su formación académica, ingresa al servicio público, llamado por el Presidente Virgilio Barco a ocupar la Asesoría de Asuntos Políticos y Seguridad.

Iniciado el gobierno del Presidente César Gaviria en 1990, es designado por el Jefe del Estado como Consejero de Asuntos Internacionales, con el encargo contribuir a orientar la diplomacia presidencial, coordinar las relaciones con Estados Unidos, y participar, en la formulación de la política de lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, en una época muy difícil, durante la cual vivió el país angustiosos momentos de zozobra.

Su labor y eficiencia le son reconocidas, y es designado, durante la misma administración, como Embajador ante el Gobierno de los Estados Unidos.

Una delicada misión que le permitiría demostrar las calidades y cualidades que lo han distinguido siempre: prudencia, eficacia y perseverancia. Y anotar en su balance, además de poner en marcha el Acta de Preferencias Arancelarias Andinas, e inscribir a Colombia para integrar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, su contribución a llevar a un ilustre colombiano a la Secretaría General de la OEA, cuya elección ambientó en forma discreta y elegante.

Su paso por la OEA, como Asesor Especial del Secretario General, sería la antesala de su vinculación, en 2002, al sector cafetero, que se inicia, indirectamente, con su participación en la Comisión de Expertos, a quienes el Comité Nacional de Cafeteros, del que hacía parte el entonces Ministro de Hacienda y Crédito Público, doctor Juan Manuel Santos, les confiere el mandato de “analizar de manera independiente la difícil situación que atraviesa el sector, con el propósito de hacer recomendaciones y propuestas de política que le permitan al cultivador del grano encontrar un camino de esperanza hacia una caficultura económicamente viable, sostenible y mundialmente competitiva”, encargo que concluye con el Informe “Café, Capital Social Estratégico”, nuestro famoso Libro Verde.

En julio del mismo año es elegido Gerente General de la Federación, cargo que ocuparía durante 7 años, antes de suceder al Presidente Santos en el Ministerio de Defensa, en donde continuó y culminó exitosas operaciones militares, como la “Camaleón”, con el objetivo de  desmantelar y reducir la subversión. Cumplidas muchas sus metas, regresa a Washington, en 2010, a ocupar nuevamente la Embajada.

Por inevitable asociación, recuerdo unas palabras suyas de 2007, en este mismo escenario, que cobran dramática vigencia, precisamente en estos momentos en que aún el país no ha podido reponerse del cobarde y cruel asesinato de cuatro distinguidos miembros de las Fuerzas Armadas y de Policía: “Los cafeteros de Colombia, dijo en esa ocasión, llevan ochenta años construyendo instituciones representativas y democráticas, al igual que irrigando bienestar social, desde las montañas de Colombia. En contraste, desde esas mismas montañas el terrorismo no ha hecho sino sembrar sangre y dolor entre nuestros compatriotas. Construir con el azadón es de hombres recios, escudarse en la falaz valentía que da el poderío de las armas, es de cobardes”.

Tuve la fortuna de acompañarlo en toda su gestión gerencial, y el honor de sucederlo. Por eso puedo dar fe de sus múltiples merecimientos que lo acreditan, con sobrada amplitud, para recibir hoy la medalla que lleva el nombre de don Manuel Mejía, uno de los gigantes en la construcción de la Caficultura Colombiana.

Fueron muchas las labores que emprendió y que llevó a feliz término. Comprendió la necesidad y la conveniencia de fortalecer la institucionalidad cafetera y a ello orientó, con éxito, sus esfuerzos, porque comprendió que si algo hace fuerte a la Caficultura Colombiana, además de la excelsa calidad de nuestro café y de la vocación cafetera de los cultivadores, es la solidez de su estructura democrática y participativa.

Manejó con el pulso y con el tacto que le son propios, las relaciones con el Gobierno Nacional y con todas las esferas del Estado. Por eso pudo anticiparse a conseguir la prórroga del Contrato de Administración del Fondo Nacional del Café y a la realización de proyectos de Inversión Social como los programas de Seguridad Alimentaria, que han beneficiado a varios cientos de miles de familias cafeteras y el fortalecimiento del Régimen Subsidiado de Salud, que permitió la afiliación de cerca de 200 mil caficultores.

Su contribución al fortalecimiento financiero del Fondo Nacional del Café, es uno de sus logros más notables, que hay que citar simultánea y paralelamente con el inteligente manejo de la política cafetera, reflejada en índices ampliamente satisfactorios, de acuerdo con los volúmenes de la cosecha, las tendencias del mercado y los índices de precios de la época de su gerencia.

Destaco su acertada obstinación por todos los proyectos de Valor Agregado, por la apertura e impulso de las Tiendas Juan Valdez, el desarrollo de los cafés especiales, entre varios otros, que hicieron parte de su visión estratégica en busca de una mejor posición internacional para nuestro Café de Colombia, proyectos que para fortuna para todos, convirtió en exitósas realidades.

Comprendió, -como todo buen cafetero- que la caficultura colombiana siempre ha tenido que encarar retos. Supo interpretar el mensaje y escuchar la voz de los cafetales. Comprendió la función esencial y la razón de ser de la institucionalidad cafetera, que es el bienestar de los caficultores y de sus familias.

Los 9 Gerentes Generales que me han precedido en la Federación, han dejado una huella perdurable, de acuerdo con las circunstancias y con la época durante la cual, les correspondió el privilegio de conducirla.

La suya, doctor Silva, también lo es, rodeada, además, por la gratitud unánime de los caficultores y de la institucionalidad, cuyas voces de solidaridad, le hago llegar en este momento de merecido reconocimiento.

Otras gestiones trascendentales de su agenda, como haber conducido en forma maestra todas las negociaciones que culminaron felizmente con la firma del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, que sin duda influirá en forma determinante y positiva en la economía colombiana de las próximas décadas, redondean el claro perfil de un gran dirigente colombiano, a quien espera el futuro con inescrutables posibilidades e inevitables desafíos.

Pido licencia a usted, estimado Embajador, y a este distinguido auditorio, para hacer pública, una referencia personal que obliga mi perdurable gratitud con usted. Lo conocí en este ambiente de trabajo, en donde han transcurrido los últimos 20 años de mi vida laboral. Seguramente usted no tenía referencia alguna mía. Le bastó analizar los rendimientos de un funcionario carente de padrinos, para encargarlo y luego confirmarlo como Gerente Administrativo. A mi reconocimiento por haber sido estimulado en esa forma, se agregó después mi admiración por su estilo de trabajo, por su tenacidad, por su temple, por su rectitud y se acrecentó mi gratitud, por  todas las valiosas lecciones que, para mí, representó su ejemplo.

Muchas gracias.

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