Edición 32

Cosmovisión indígena en la producción del café

Agosto de 2016

Detrás del Café de Colombia


Cosmovisión indígena en la producción del café

Para los pueblos indígenas, el cultivo del café no es sólo una forma de mejorar su calidad de vida, sino que está en estrecha armonía con la naturaleza y la tierra, concebida como madre y gestora de su propia cultura. Y para ellos la institucionalidad cafetera también tiene ventajas, como la Garantía de Compra.


El 9 de agosto (desde hace 22 años) se celebra el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, el cual tiene como fin conmemorar a estas comunidades, así como obtener el respaldo de los gobiernos y de la sociedad para hallar juntos la solución a problemas que enfrentan los indígenas en materia de derechos humanos, medio ambiente, educación y salud.

Aunque se dice que los pueblos indígenas son una minoría, representan la mayor parte de la diversidad cultural del mundo. Se estima que hay aproximadamente 370 millones de personas indígenas en 70 países. En América Latina existen más de 800 pueblos indígenas, con una población cercana a los 45 millones, y en Colombia según el último censo representan el 3.04% del total de los habitantes, es decir, aproximadamente 1.392.623 personas.

Desde los tiempos de la Conquista y la Colonia, la tierra ha sido una reivindicación permanente de estos pueblos, ya que la relación entre los dos constituye una parte fundamental de su identidad y espiritualidad, además de que está arraigada a su cultura e historia. Su relación va más allá de la ocupación de la tierra, se extiende a sus cosmovisiones, es decir, la manera de interpretar el universo.

Es por lo anterior que la lucha indígena ha girado en torno al reconocimiento de sus comunidades como sujetos de derechos colectivos con el fin de ejercer el derecho a la libre determinación y a la propiedad colectiva de sus territorios. Por lo que en aras de preservar sus costumbres, ciertos grupos han propuesto modelos de sociedad conocidos como buen vivir o vivir bien.

Según un estudio desarrollado por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) en 2014, la construcción del buen vivir/vivir bien está referida a una relación estrecha entre lo que un pueblo fue, su presente y futuro; esto incluye la lucha por la memoria histórica, el respeto a sus territorios, identidad, idioma, soberanía alimentaria y derechos.

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Caficultura indígena
La actividad económica de los grupos también constituye una de las expresiones del buen vivir. Se trata de iniciativas impulsadas desde las propias comunidades, por ejemplo, en el turismo o la producción del café, mediante las cuales se busca contribuir al mejoramiento de la calidad de vida de sus familias y a la generación de empleo. “A través del café buscamos la forma de mejorar las condiciones de vida”, cuenta Claribeth Navarro, representante legal de Seynekun, una asociación de la comunidad arhuaca productora de café en la Sierra Nevada de Santa Marta.

En Colombia los indígenas de algunas regiones del sur de país (Tolima, Huila, Nariño y Cauca), así como del norte (La Guajira, Cesar y Magdalena) cultivan café. En Cauca, por ejemplo, de las 92.000 familias cafeteras existentes, aproximadamente 26.000 son indígenas, en su mayoría de la comunidad Nasa. En este departamento el Comité de Cafeteros cuenta con un Servicio de Extensión diferencial, es decir, que tiene competencias de bilingüismo, con el fin de que entiendan las diferencias culturales y la cosmovisión de las comunidades; además, que puedan compartir el conocimiento técnico contribuyendo a la reconstrucción del tejido social. Actualmente existen tres extensionistas con este perfil en la zona.

 

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Pedro Chavaco es uno de ellos, proviene del pueblo indígena Misak, territorio guambiano. Es ingeniero agroforestal y lleva en esta labor cerca de dos años. Las comunidades que acompaña cultivaban variedades tales como Caturra, Borbón y Castillo. Cuenta que no ven la producción del café como un monocultivo, sino que su prioridad es que sus prácticas sean compatibles con las leyes de la naturaleza. “Se preocupan por fortalecer sus sistemas económicos. El tiempo de plantar y el momento de cosechar, todo gira en torno a la naturaleza (incluidas las fases de la luna)”, afirma.

La tierra por lo tanto es concebida como madre y gestora de su propia cultura, es parte de su forma de concebir el mundo. Existe un vínculo entre la tierra y el hombre, entre la tierra y la comunidad. El mundo indígena se concibe entonces como una totalidad, por lo que la tierra es su fuente de vida. Algunas comunidades trabajan en pro de armonizar sus filosofías de vida con sus formas de supervivencia.

 

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La madre tierra
“La caficultura o la propiedad en la zona indígena es colectiva, no propiedad individual. Ellos producen sin ninguna técnica de abono o aplicación de químicos, como al interior del país”, explica Luis Alberto Torres, arhuaco y fundador de la asociación ASOPROCACIONES, que reúne 180 familias productoras de café provenientes de las comunidades Karwa y Simonorwa de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Antes el café lo malvendían a los comerciantes, lo cambiaban por comida. Al iniciar la organización cambiaron la forma de negociación: ahora entregan el café a las cooperativas con Garantía de Compra inmediata, primas de calidad, bonificaciones, reliquidaciones e inversión social. En otras palabras, se reconoce el valor agregado del producto. “Estar organizados nos permite acceder a estos beneficios, lo que nos ayuda a pensar en el mejoramiento como familia”, afirma Claribeth, líder de Seynekun, que en lengua nativa significa “Madre Tierra”.

Antes de crear la organización, pensaron en un nombre que realmente los representara. Según cuentan, la tierra es la única que es fértil y gracias a ella tenemos alimento; con el café, el árbol que consideran sagrado, es igual. Este café producido entre 1.400 y 1.800 metros sobre el nivel del mar tiene una tradición de producción. Es el único cultivo social en el que toda la familia trabaja o ayuda de alguna manera: los niños, las esposas, las abuelas. En la zona no requieren de recolectores ya que la comunidad es la que hace esa labor, lo que ellos llaman “mano vuelta” (caminando juntos de finca en finca haciendo esta tarea).

 

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En época de cosecha, entre noviembre y febrero, se recoge el grano dando gracias a la naturaleza. Por ello se afirma que el café cultivado por comunidades indígenas está conectado con mucha sabiduría ancestral, con mucha energía. “Antes de cualquier cultivo, tenemos que honrar a la tierra para que esa semilla o tierra sea fértil, realmente se desarrolle y se produzca café. Si no se hace ese trabajo espiritual con los mamos, no hay permiso para sembrar”, cuenta la líder.

El café que muchas comunidades producen, con apoyo de la FNC, es exportado a países como Estados Unidos, Japón y Suiza, entre otros. La apuesta también es armonizar el negocio cafetero con las costumbres de nuestros indígenas.

 



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