Edición 32

El sector cafetero es motor de la economía y garantía de estabilidad y paz social

Noviembre de 2013

En esta Edición


De cara a nuestro LXXIX Congreso Nacional Cafetero, que mostrará importantes resultados en materia de reconversión productiva, productividad y producción, es bueno hacer un rápido recuento, con cifras dicientes, sobre la relevancia del sector cafetero para el país.

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El sector cafetero no solo es columna fundamental y potente motor de la economía del país, sino garantía de estabilidad y paz social.

La relevancia del sector puede valorarse no solo a partir de cifras dicientes en materia de empleo, exportaciones, PIB y valor de la producción (rubros esenciales para el desarrollo social y económico del país), sino por el costo de oportunidad de la caficultura, es decir, lo que el país perdería si desapareciera esta actividad agrícola de creciente valor agregado.

La disciplina y la constancia del caficultor son dos de sus mayores virtudes para escalar en la cadena de valor de una industria mundial cada vez más sofisticada y ávida de productos diferenciados, que se traducen en primas de calidad y sostenibilidad que van directamente a su bolsillo.

Estos logros y conquistas han sido posibles en gran medida gracias a la sólida arquitectura gremial creada para defender el complejo tejido social que representan los caficultores, proveer bienes públicos como el Servicio de Extensión y la garantía de compra, y ayudar al productor a escalar en la cadena de valor.

Empleo, valor de la cosecha, PIB y exportaciones

La caficultura genera cerca de 800 mil empleos directos en el sector rural (Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural, MADR), es decir, 32% del empleo que generan las actividades agrícolas (2.5 millones de empleos), 23% del agropecuario (3,5 millones de empleos) y 17,4% de todo el empleo rural (4,6 millones de empleos, DANE, 2013). Además del empleo directo, la caficultura ocupa a personas en toda la cadena de valor (comercialización, trilla, transporte, industrialización y exportación), lo que se traduce en cerca de 1,6 millones de empleos indirectos (MADR).

El empleo que genera la caficultura es 3,5 veces el empleo creado por los cultivos de arroz, maíz y papa juntos, y cerca de 10 veces el que genera el cultivo de palma africana y caucho juntos. Así, el empleo cafetero es un vigoroso motor y agente para reducir la pobreza, distribuir el ingreso en la población rural y dinamizar la economía.

El valor de la cosecha ($3,4 billones de pesos) se redistribuye como ingreso entre 561 mil familias y se traduce en consumo de bienes y servicios en la economía de más de 590 municipios (más de la mitad de los del país). Esto representa al año cerca de $1,6 billones de gasto en alimentos; $745 mil millones en vivienda y servicios; $738 mil millones en bienes y servicios diversos, comunicaciones, salud, educación, recreación; $176 mil millones en ropa y calzado y $198 mil millones en transporte, lo que a su vez genera empleo y crecimiento en otros sectores.

El PIB agropecuario en el segundo trimestre de 2013 creció cerca de 8% frente al mismo periodo de 2012 y el café contribuyó con 43% de esta alza gracias a un crecimiento del valor agregado de 34%; los demás sectores agrícolas crecieron 7% y el pecuario 4% (DANE). Y no hay cultivo que jalone el PIB como el café, pues el efecto multiplicador de un alza de 10% en el ingreso cafetero es de 43pb sobre el PIB; un alza similar en el sector petrolero apenas impactaría 4pb.

En materia de exportaciones cafeteras, en los últimos cinco años el promedio anual fue de 1.966 millones de dólares (DANE), es decir, 31% de todas las exportaciones del sector agropecuario y 4% de las totales del país. Pese a la coyuntura de precios bajos, las exportaciones de café fueron 2,5 veces más que las de banano, un tercio más que el renglón floricultor y casi el doble de las de azúcar crudo.

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Área sembrada y distribución de la tierra

De las 4,7 millones de hectáreas destinadas a actividades agrícolas en el país, 931 mil has (20%) corresponden a café, siendo 1,5 veces mayor al área de cultivo de maíz (610 mil has), 4,2 veces lo sembrado en caña de azúcar (224 mil has) y el doble de lo sembrado en arroz (487 mil) y palma africana (452 mil).

Además el sector cafetero es un bastión de equidad en materia de distribución de la propiedad de la tierra, contribuyendo a abatir la pobreza multidimensional: el coeficiente Gini de distribución de la tierra en el sector es 0,70, índice que contrasta con el 0.86 de la distribución general de la propiedad rural en Colombia.

Colombia pagaría un alto costo por desaparición del sector

En cuanto al costo de oportunidad, el sector cafetero representa un sustancial ahorro para el Estado colombiano frente a lo que costaría su hipotética desaparición. El costo de atender a 563 mil familias cafeteras con incentivos como el de Familias en Acción superaría los $801.000 millones de pesos anuales (incluido un apoyo mensual de $70 mil por familia para salud y $35 mil promedio por cada niño en educación básica o media). A su vez, el costo de vincular estas familias a programas como el de Generación de Ingresos (Red Unidos) superaría los $2 billones, pues este programa entrega cerca de $300 mil pesos mensuales a una persona por familia.

Por otra parte, desarrollar proyectos productivos alternativos para 563 mil familias costaría al Estado cerca de $2 billones al año. En 2012, el proyecto Alianzas Productivas del MADR destinó cerca de $39.407 millones para beneficiar a cerca de 10.635 familias, lo que significa un apoyo de $3,7 millones por familia, sin tomar en cuenta la incertidumbre en torno al mercado y la comercialización de productos emergentes.

Y si hipotéticamente estas familias cafeteras decidieran migrar a las ciudades no solo elevarían drásticamente las cifras de pobreza y desempleo, sino que el propio Estado tendría que destinar para su atención humanitaria de emergencia al menos $647 mil millones al año, tomando como referente cifras de asistencia y atención a población desplazada del Sistema Nacional de Atención y Reparación a Víctimas en 2012.

La incertidumbre económica en las zonas rurales ante una hipotética desaparición de la caficultura conllevaría no solo una escalada de violencia y presencia de actores ilegales, sino una expansión de los cultivos ilícitos (como alternativa de generación de ingresos), y sería terreno propicio para la desarticulación de un inmenso tejido social y cultural que ha sido eje de la identidad nacional.

Un análisis somero de estas cifras demuestra que la caficultura es un protagonista de primer orden en la economía nacional, la consolidación de la paz y la estabilidad en las zonas rurales de Colombia. El sector cafetero es sinónimo de progreso económico, equidad y bienestar social. De ahí que el Gobierno y el Congreso no hayan dudado en destinar importantes recursos para subsidios al caficultor en la actual coyuntura de precios bajos, ayudas que además son un espaldarazo a las políticas cafeteras institucionales.

Soluciones oportunistas o medidas contrarias al desarrollo inteligente de la caficultura, que ya ha superado otras épocas de precios bajos, corren el riesgo de traumatizar al país.



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